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¿Quién tiene la culpa? Espiritualidad, creencias y responsabilidad personal

22 sept
10 min de lectura

Actualizado: 23 sept



¿QUIÉN TIENE LA CULPA?


Cuando la espiritualidad se convierte en una forma de evadir nuestra responsabilidad

Hay una conversación que durante mucho tiempo hemos evitado porque resulta incómoda.

Hablamos de energía.

Hablamos de vibraciones.

Hablamos de manifestación.

Hablamos de magia, brujería, rituales, protección energética, limpias, bloqueos, malas energías y dimensiones que no podemos ver.

Y, al mismo tiempo, vivimos en un mundo donde la psicología, la neurociencia y las ciencias del comportamiento han demostrado algo extraordinariamente poderoso:

lo que creemos importa.

Importa lo que esperamos.

Importa la historia que nos contamos.

Importa aquello a lo que prestamos atención.

Importa cómo interpretamos lo que nos ocurre.

Importa lo que hacemos repetidamente.

Y nuestras experiencias pueden modificar nuestro cerebro y nuestra conducta a través de procesos de aprendizaje y plasticidad neural. La investigación sobre plasticidad ha mostrado que la experiencia puede producir cambios medibles en las conexiones y funcionamiento del sistema nervioso.

Pero aquí aparece una pregunta mucho más incómoda:


¿En qué momento una creencia espiritual deja de ayudarnos a encontrar sentido y empieza a convertirse en una forma de no hacernos responsables?


Porque una cosa es decir:

“Hay cosas que no comprendo.”

Y otra muy diferente:

“Como no comprendo lo que está ocurriendo, entonces alguien me está haciendo algo.”

La primera frase abre la mente.

La segunda puede cerrarla.


EL PROBLEMA NO ES CREER


Quiero empezar haciendo una distinción importante.

Este artículo no pretende demostrar que la magia existe.

Tampoco pretende demostrar que no existe.

No pretende ridiculizar las creencias espirituales ni decirle a una persona qué debe creer.

El problema que quiero poner sobre la mesa es otro:

qué hacemos con nuestras creencias.

Porque una creencia puede convertirse en una herramienta de crecimiento.

Pero también puede convertirse en una coartada.

Y esa diferencia puede cambiar una vida.

Puedes creer en Dios y asumir responsabilidad.

Puedes creer en energía y asumir responsabilidad.

Puedes meditar.

Puedes hacer oración.

Puedes realizar un ritual.

Puedes buscar una práctica espiritual.

Puedes encontrar significado en determinadas experiencias.

Y, al mismo tiempo, puedes preguntarte:

“¿Qué parte de esto me corresponde a mí?”

Ahí comienza el liderazgo.


CUANDO NO ENTENDEMOS ALGO, EL CEREBRO BUSCA UNA EXPLICACIÓN


Los seres humanos somos extraordinariamente buenos para encontrar patrones.

Necesitamos construir explicaciones.

Necesitamos darle significado a lo que ocurre.

Cuando sucede algo inesperado, nuestro cerebro intenta conectar acontecimientos:

“Esto pasó porque aquello ocurrió.”

“Desde que hice esto, aquello empezó.”

“Desde que llegó esta persona, todo comenzó a salir mal.”

“Desde que entré en ese lugar, me siento diferente.”

“Alguien me está enviando energía.”

“Me hicieron algo.”

“Estoy bloqueado.”

Esa necesidad de encontrar explicaciones no es exclusiva de la espiritualidad.

Es profundamente humana.

Y aquí aparece uno de los grandes riesgos:

confundir una explicación posible con una explicación demostrada.

No es lo mismo.


UNA PLAGA DE INSECTOS NO NECESITA UNA EXPLICACIÓN SOBRENATURAL


Imaginemos algo sencillo.

Una persona encuentra una cantidad inusual de insectos en su casa.

Pregunta:

—¿Será brujería?

Antes de buscar una explicación sobrenatural quizá habría que hacer algo mucho menos emocionante:

revisar la casa.

¿Hay humedad?

¿Hay comida expuesta?

¿Hay una fuga?

¿Existe un nido?

¿Hay una entrada por donde están llegando?

¿Existe una plaga?

Porque quizá la respuesta sea simplemente:

hay insectos porque hay condiciones para que haya insectos.

Y esto parece absurdo cuando hablamos de bichos.

Pero deja de parecernos absurdo cuando hablamos de nuestra vida.


“ME ESTÁN HACIENDO ALGO”


Pensemos ahora en una relación.

Una persona siente ansiedad.

Desconfía.

Tiene miedo de ser traicionada.

Interpreta determinados comportamientos como señales.

Empieza a revisar.

Pregunta.

Presiona.

Acusa.

Controla.

La otra persona se distancia.

Entonces interpreta el distanciamiento como una confirmación:

“¿Ves? Algo está pasando.”

La ansiedad aumenta.

El control aumenta.

La relación se deteriora.

Finalmente la relación termina.

Y entonces aparece una explicación:

“Me hicieron algo.”

Pero quizá haya otra posibilidad mucho más incómoda:

que la persona haya interpretado el mundo desde una herida antigua.

Que haya confundido miedo con intuición.

Que haya confundido sospecha con evidencia.

Que haya respondido desde una herida de rechazo o traición.

Que haya tomado decisiones que contribuyeron al resultado que después atribuyó exclusivamente a una fuerza externa.

Y esto no significa que la experiencia emocional no fuera real.

La emoción pudo ser completamente real.

El miedo pudo ser real.

La angustia pudo ser real.

El sufrimiento pudo ser real.

Lo que no necesariamente es real es la explicación que construimos para justificarlo.


LAS HERIDAS TAMBIÉN INTERPRETAN LA REALIDAD


Aquí entra la psicología.

La terapia cognitivo-conductual parte precisamente de que pensamientos, emociones y conductas están funcionalmente relacionados, y trabaja con patrones de pensamiento y comportamiento que pueden mantener determinados problemas.

Esto resulta fundamental.

Porque no experimentamos la realidad como una cámara de video.

La interpretamos.

Dos personas pueden vivir exactamente el mismo acontecimiento y construir significados completamente diferentes.

Una persona recibe un mensaje:

“Necesitamos hablar.”

Puede pensar:

“Seguramente hice algo mal.”

Otra:

“Probablemente hay algo importante que resolver.”

Otra:

“Me van a abandonar.”

Otra:

“Qué bueno, quizá podamos aclarar las cosas.”

El acontecimiento es el mismo.

La interpretación cambia.

Y la interpretación modifica la emoción.

La emoción modifica la conducta.

Y la conducta modifica la respuesta del entorno.

Entonces la respuesta del entorno puede terminar reforzando la interpretación inicial.

Se construye un círculo.

Pensamiento → emoción → conducta → consecuencia → interpretación.

Y después podemos terminar diciendo:

“¿Ves? Yo sabía que algo malo estaba pasando.”

Pero quizá no fue una profecía.

Quizá fue un patrón.


EL CEREBRO APRENDE


Aquí aparece la neuroplasticidad.

Nuestro cerebro no es una estructura completamente rígida.

El aprendizaje y la experiencia producen modificaciones en circuitos neuronales y en la manera en que procesamos información. La literatura científica ha documentado durante décadas la relación entre plasticidad neural, aprendizaje y cambios conductuales.

Eso significa algo extraordinario:

lo que repetimos importa.

Una persona que durante años interpreta las relaciones desde el abandono puede volverse extremadamente sensible a cualquier señal que parezca anticipar rechazo.

Una persona que ha aprendido a desconfiar puede encontrar amenazas donde otra persona encontraría ambigüedad.

Una persona acostumbrada a sentirse insuficiente puede interpretar un comentario neutro como crítica.

Una persona que ha vivido traiciones puede permanecer en alerta.

No necesariamente porque esté inventando sus emociones.

Sino porque su sistema ha aprendido.

Y lo aprendido puede cambiar.

Eso es precisamente lo esperanzador de la plasticidad.


PERO AQUÍ HAY UNA TRAMPA


Si nuestro cerebro puede cambiar mediante experiencia y aprendizaje, entonces también podemos aprender explicaciones que nos hagan daño.

Podemos aprender:

“Todo me pasa porque alguien me tiene envidia.”

“Siempre me hacen algo.”

“Yo atraigo personas malas.”

“Estoy bloqueado.”

“Mi energía está contaminada.”

“Alguien me está cerrando los caminos.”

“Todo lo que sale mal tiene una causa externa.”

Y si esa explicación se repite suficientemente, puede convertirse en el marco desde el cual interpretamos nuestra vida.

Entonces ya no necesitamos investigar.

Ya tenemos una respuesta.

Y una respuesta equivocada puede resultar emocionalmente muy cómoda.


EL PODER DE UNA CREENCIA PUEDE SER REAL SIN DEMOSTRAR QUE LA CREENCIA SEA VERDADERA


Aquí aparece uno de los fenómenos más interesantes estudiados por la ciencia:

el efecto placebo.

El placebo no significa simplemente “imaginarse algo”.

La investigación ha encontrado que las expectativas, el aprendizaje, el contexto y la interacción con quien proporciona una intervención pueden producir cambios reales en determinadas respuestas subjetivas y fisiológicas.

Las expectativas pueden modificar cómo experimentamos determinados síntomas, especialmente fenómenos como el dolor, y existen mecanismos neurobiológicos asociados a estas respuestas.

Esto es fascinante.

Porque significa que una persona puede experimentar una mejoría real después de realizar algo cuyo mecanismo atribuye a una explicación determinada.

Pero cuidado:

que una persona mejore no demuestra automáticamente que la explicación que utilizó para entender su mejoría sea correcta.

Esta diferencia es fundamental.


EL CASO DE LA “BRUJERÍA” ES ESPECIALMENTE INTERESANTE


Imaginemos a una persona que lleva semanas durmiendo mal.

Está angustiada.

Tiene pensamientos repetitivos.

Siente que algo malo está sucediendo.

Busca ayuda.

Alguien le dice:

“Te hicieron un trabajo.”

La persona recibe una explicación.

Pero además recibe algo más:

un ritual.

Una estructura.

Una persona que la escucha.

Un espacio de atención.

Una instrucción.

Ayuno.

Meditación.

Descanso.

Respiración.

Reducción de estímulos.

Una sensación de protección.

Y, sobre todo:

la convicción de que el problema tiene solución.

Entonces comienza a dormir.

¿Es real la mejoría?

Puede serlo.

¿Demuestra eso que existía una brujería?

No necesariamente.

La expectativa y el contexto pueden influir en respuestas humanas reales.

Y esto nos lleva a una pregunta extraordinaria:


¿Qué fue lo que realmente cambió?


¿La energía?

¿El ritual?

¿La expectativa?

¿La reducción de ansiedad?

¿El descanso?

¿La sensación de control?

¿La atención recibida?

¿Una combinación de factores?

No siempre lo sabemos.

Y precisamente por eso debemos tener cuidado antes de convertir una experiencia subjetiva en una afirmación universal.


LA CREENCIA PUEDE CALMARTE Y, AL MISMO TIEMPO, IMPEDIRTE CAMBIAR


Aquí está el punto que más me interesa.

Una creencia puede funcionar.

Pero funcionar no significa necesariamente que sea la explicación correcta.

Y puede incluso producir un efecto secundario peligroso:

quitarte responsabilidad.

Imagina que una persona cree que su problema es una energía externa.

Entonces deja de preguntarse:

¿Qué hice?

¿Qué estoy repitiendo?

¿Por qué reaccioné así?

¿Qué herida se activó?

¿Qué patrón estoy reproduciendo?

¿Qué decisión tomé?

¿Qué límites no puse?

¿Qué conversación evité?

¿Qué conducta debo cambiar?

En lugar de eso pregunta:

“¿Quién me hizo esto?”

Y mientras busca al responsable invisible, puede pasar años sin mirar al responsable visible:

ella misma.


NO TODO LO QUE PARECE ENERGÍA ES ENERGÍA


Hay algo que debemos recuperar:

la capacidad de investigar.

Si estás cansado:

duerme.

Si estás estresado:

revisa tus niveles de estrés y tus hábitos.

Si tienes insomnio persistente:

investiga las posibles causas y busca atención profesional cuando corresponda.

Si tu relación está destruida:

revisa la dinámica.

Si constantemente eliges relaciones dañinas:

observa tu patrón.

Si tienes problemas financieros:

revisa tus decisiones.

Si estás rodeado de conflictos:

pregúntate qué estás tolerando, provocando, evitando o repitiendo.

Si tienes una plaga:

llama a un especialista en control de plagas.

No todo necesita una explicación energética.

Y decir esto no significa negar la espiritualidad.

Significa no utilizarla para dejar de investigar la realidad.


EL ERROR MÁS PELIGROSO: CONFUNDIR INTUICIÓN CON MIEDO


Este punto merece especial atención.

Hay personas que dicen:

“Yo lo sentí.”

Y debemos respetar que lo sintieron.

Pero sentir algo no demuestra automáticamente que nuestra interpretación sea correcta.

El cuerpo puede detectar señales antes de que podamos verbalizarlas.

Eso puede ser útil.

Pero también podemos interpretar sensaciones corporales desde experiencias previas, ansiedad, aprendizaje y expectativas.

Por eso una pregunta poderosa no es:

“¿Qué siento?”

Sino:


“¿Qué siento y qué evidencia tengo para interpretar lo que siento de esta manera?”


Eso es pensamiento crítico.

Y el pensamiento crítico no mata la espiritualidad.

La hace más responsable.


LA ESPIRITUALIDAD SIN RESPONSABILIDAD PUEDE CONVERTIRSE EN EVASIÓN


Aquí quiero ser muy clara.

No tengo problema con que alguien encuentre significado en la espiritualidad.

El problema aparece cuando la espiritualidad se convierte en sustituto de la responsabilidad.

Cuando alguien dice:

“Es mi karma.”

pero no cambia su conducta.

“Es energía negativa.”

pero continúa tratando mal a los demás.

“Me hicieron brujería.”

pero no revisa sus decisiones.

“Estoy bloqueado.”

pero no toma ninguna acción.

“Es que mi vibración atrae esto.”

pero nunca analiza sus patrones.

Entonces la espiritualidad dejó de ser una herramienta de conciencia.

Se convirtió en una explicación que permite permanecer exactamente igual.


Y AQUÍ ENTRA EL LIDERAZGO


Porque liderazgo no empieza cuando diriges a veinte personas.

Empieza cuando puedes dirigir tus propias respuestas.

Un líder necesita preguntarse:

¿Qué parte de esta situación está bajo mi control?

No:

“¿Quién tiene la culpa?”

Sino:

“¿Qué puedo hacer ahora?”

No:

“¿Por qué me pasa esto?”

Sino:

“¿Qué estoy aprendiendo de esto?”

No:

“¿Quién me bloqueó?”

Sino:

“¿Qué estoy haciendo que me mantiene detenido?”

No:

“¿Por qué todos me traicionan?”

Sino:

“¿Qué patrones estoy repitiendo al elegir, vincularme y reaccionar?”

Eso es liderazgo personal.


RESPONSABILIDAD NO SIGNIFICA CULPA


Y aquí hay otra distinción fundamental.

Hacernos responsables no significa decir:

“Todo lo malo que me ocurrió fue culpa mía.”

No.

Hay acontecimientos que no elegimos.

Hay personas que nos dañan.

Hay injusticias.

Hay pérdidas.

Hay traiciones.

Hay circunstancias que escapan completamente a nuestro control.

Responsabilidad no significa cargar con la culpa de todo.

Significa recuperar el poder de decidir qué hacemos a partir de aquello que ocurrió.

Puedes no ser responsable de lo que alguien te hizo.

Pero sí puedes ser responsable de lo que haces después.


EL LIDERAZGO MÁS PROFUNDO ES DEJAR DE NECESITAR UN ENEMIGO


Esta quizá sea la parte más incómoda.

A veces necesitamos que exista un enemigo porque un enemigo nos permite construir una explicación sencilla.

“Mi ex.”

“Mi familia.”

“Mi jefe.”

“La sociedad.”

“La energía.”

“La brujería.”

“La envidia.”

“El karma.”

“Mi pasado.”

Y sí:

todas esas cosas pueden influir en nosotros.

Pero influencia no significa control absoluto.

Porque si todo lo que ocurre en mi vida depende de fuerzas externas, entonces yo me convierto en espectador de mi propia existencia.

Y eso es exactamente lo contrario del liderazgo.


¿Y SI EXISTE ALGO QUE TODAVÍA NO PODEMOS EXPLICAR?


Esta es quizá la pregunta más honesta.

¿Y si existen dimensiones de la realidad que todavía no comprendemos?

Es posible que la ciencia continúe descubriendo fenómenos que hoy no comprendemos.

Pero reconocer los límites de nuestro conocimiento no significa llenar automáticamente esos espacios con cualquier explicación.

“No sé” también es una respuesta intelectualmente válida.

Y, para mí, es una de las respuestas más poderosas que puede dar un ser humano.

“No sé qué ocurrió.”

“No sé si esto tiene una explicación que todavía desconocemos.”

“No sé si mi interpretación es correcta.”

Pero mientras no lo sé:

sí puedo observar mis decisiones.

Sí puedo revisar mi conducta.

Sí puedo cuidar mi cuerpo.

Sí puedo trabajar mis heridas.

Sí puedo pedir ayuda.

Sí puedo cuestionar mis pensamientos.

Sí puedo cambiar mis hábitos.

Sí puedo reparar el daño que causé.

Sí puedo poner límites.

Sí puedo dejar una relación.

Sí puedo aprender.

Sí puedo evolucionar.


NO NECESITAMOS DEJAR DE CREER. NECESITAMOS APRENDER A CUESTIONAR


Tal vez la verdadera madurez espiritual no consiste en creer más.

Tal vez consiste en creer con mayor conciencia.

Poder decir:

“Creo en esto, pero no necesito imponerlo como verdad absoluta.”

“Esta experiencia fue significativa para mí, pero no necesariamente demuestra una explicación universal.”

“Esta práctica me ayuda, pero sigo dispuesto a revisar otras causas.”

“Creo en la energía, pero también creo en la responsabilidad.”

“Creo en lo espiritual, pero no voy a utilizarlo para evadir lo psicológico, lo médico, lo relacional o lo conductual.”

Eso es madurez.


LA PREGUNTA QUE CAMBIA TODO


Cuando algo sale mal, podemos formular dos preguntas.

La primera:

“¿Quién me hizo esto?”

La segunda:

“¿Qué puedo hacer con esto?”

La primera busca culpables.

La segunda busca poder personal.

La primera puede llevarte a perseguir explicaciones durante años.

La segunda puede llevarte a transformar tu vida.

Y quizá ahí está la verdadera diferencia entre una persona que simplemente cree y una persona que utiliza sus creencias para crecer.


UNA ÚLTIMA REFLEXIÓN


Yo no necesito convencerte de que la magia existe.

Tampoco necesito convencerte de que no existe.

No necesito decirte cómo debes interpretar aquello que todavía no comprendemos.

Pero sí quiero dejarte una pregunta:


¿Tu sistema de creencias te está haciendo más consciente o te está quitando responsabilidad?

Porque puedes creer en energía y seguir siendo responsable.

Puedes creer en espiritualidad y trabajar tus heridas.

Puedes creer en rituales y cambiar tus hábitos.

Puedes meditar y pedir ayuda profesional.

Puedes creer en dimensiones que no ves y, al mismo tiempo, aprender a observar aquello que sí puedes comprobar.

Puedes tener fe y pensamiento crítico.

Puedes tener espiritualidad y responsabilidad.

Puedes tener misterio sin convertir el misterio en una explicación para todo.

Porque quizá el verdadero peligro no está en creer en aquello que no podemos ver.

Quizá está en utilizar aquello que no podemos ver para evitar mirar aquello que tenemos enfrente.

Y entonces la pregunta deja de ser:

“¿Quién me está haciendo esto?”

Para convertirse en una pregunta mucho más poderosa:


“¿Qué parte de mi realidad estoy dispuesto a dejar de justificar y empezar a transformar?”


Ahí comienza el liderazgo.

Ahí comienza la responsabilidad.

Y quizá, también, ahí comienza una espiritualidad mucho más madura.


Elizabeth Frías

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© 2010 by Eli Frías | Directora de  procesos de liderazgo & empresarial

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